lunes, 23 de enero de 2012

Historias de un Entrenador de Formación (7): viajecitos en transporte público

Por Jorge

La vida del entrenador de formación a veces no es fácil cuando se viaja fuera de casa. Y no me refiero a las dificultades que supone jugar en cancha contraria con todo tipo de pistas y diferentes condiciones “padecidas”, sino al sencillo hecho de viajar.

autobus
Cuando participas en competiciones federadas y te tienes que buscar la vida para ir a los campos a través del transporte público, algunos viajes casi se parecen a esos desplazamientos que los equipos modestos de alta competición tienen que hacer en autobús para recorrer media España.

Algunos clubes de formación disponen de autobuses para los desplazamientos, aunque con alguna peculiaridad. Recuerdo un club dependiente de un ayuntamiento del que forme parte que aprovechaba un autobús para recorrer media comunidad autónoma dejando equipos (de fútbol incluidos) por el camino para llegar al destino final. Y luego nos iban recogiendo según iban terminando los partidos de modo que te daba para jugar, llevarte juegos de mesa (cartas principalmente) para hacer más llevadera las esperas, y ver terminar los partidos de los otros equipos. En este caso mi jornada comenzaba muy temprano a horas a las que todavía no están hechas las calles acudiendo al punto de encuentro (en transporte público) para volver a la hora de la siesta si todo iba bien.

Cuando no se dispone de autobús de equipo, en la mayoría de los casos, son los padres y entrenadores quienes se tienen que buscar la vida para estos viajes bien en transporte privado o público. En la Comunidad de Madrid (desde donde escribo y entreno) tenemos más suerte de la que creemos en lo referente al transporte público. Si bien nos quejamos de frecuencias de paso, precios (aquí me quejo yo también y mucho), y demás, tenemos muchas opciones de llegar a prácticamente cualquier punto de la comunidad… aunque muchas veces tengamos que hacer un trasbordo tras otro o que demos más vueltas que un carrusel para acabar en nuestro destino.

Rodeos aparte, rara vez los colegios o pabellones de juego se encuentran justo al lado de una parada de transporte, y por mucho que te fíes de google maps o cualquier otro plano que lleves, al final lo más probable es que acabes caminando de un lado para otro sino es que tienes suerte de haber jugado allí en anteriores ocasiones (afortunadamente suele ser así).

Cuando uno llega a su localidad de destino y sales de cualquier parada de metro, tren o autobús suelo vivir habitualmente dos tipos de situaciones:

Una es que adonde llegas los viandantes se queden perplejos cuando les preguntas “¿un pabellón o colegio por aquí cercano?”, y no digamos si les dices que es para jugar un partido de baloncesto. Algunos te miran como si fueras poco menos que un extraterrestre, cuando luego resulta que la cancha se encuentra a la vuelta de la esquina.

Y la segunda es que en ocasiones lo difícil no es ya encontrar el campo de juego, lo difícil es encontrarte con alguien y entonces parece que seas tú el que ha llegado a un planeta sin vida pues no ves un alma por la calle. Esto suele ocurrir en barrios residenciales de viviendas unifamiliares o en cualquier otro lugar al que llegas casi de madrugada cuando el partido se juega bien pronto.

Por eso conviene llevar los horarios del transporte muy bien estudiados, calcular el tiempo que luego te va a llevar dar con el campo de juego, y añadir a éste último cálculo la posibilidad de que camines en una dirección y luego resulte que sea en la totalmente contraria si quieres llegar a tu hora… sino tienes la suerte de tropezar con alguien que conozca tu destino final o mejor aún, que viajes con un rival…

Y es que más de una vez me ha ocurrido que yendo en el metro mirando el reloj preocupado porque iba justo de tiempo, he divisado a algún chaval con ropa y bolsa de deporte dentro del vagón, rezando porque fuera uno de los rivales para luego a la salida poder seguirle cual detective privado para que me llevara directo al campo de juego, y así evitar el pitorreo (y la multa) de los chavales por llegar tarde.

En otras ocasiones las anécdotas o situaciones curiosas son otras.

Viajecito de casi dos horas en tren para llegar a otro pueblo. Llegado allí, a tirar de plano casero y a caminar. Sabiendo que tienes casi media hora de caminata (según el plano que has consultado por Internet), una vez que te pones a andar le pregunto al primer transeúnte que me encuentro. Menuda chiripa. Resulta que el chaval es un rival. Me presento. Soy el entrenador del equipo contrario, así que si no te importa te acompaño. Lejos de incomodarse, para nada, “vente conmigo que ibas en la dirección contraria”. La cosa no acaba ahí, y es que por el camino recogemos a otro rival con el que había quedado el primero, y luego otro más al que llevan en coche… nos recoge. Sí, nos recoge, porque cuando les pido que me den las últimas indicaciones para llegar al pabellón, la conductora me dice que para dentro, que a mi también me lleva. Menuda imagen, el entrenador del equipo contrario llegando al campo saliendo de un coche con los rivales.

No suelo mencionar nombres o equipos cuando cito algunas de estas historias que me ocurren, pero en este caso no me puedo resistir (aunque no lo leerá) a dar las gracias a ese chaval de Collado Villalba que luego nos hizo un pequeño traje (eso no se hace siendo tan buen anfitrión), a sus dos compañeros y a la señora conductora que tuvieron a bien ayudarme a llegar al pabellón. Así da gusto. Que buena gente hay en el baloncesto.

En otra ocasión viví algo parecido al caso anterior. Viaje a pueblo que deja el transporte público (autobús) en mitad de la nada. Ni circulación ni un alma por la calle (a la hora de comer), sin divisar en kilómetros a la redonda nada que se le parezca a un pabellón deportivo… A lo lejos una furgoneta destartalada que se aproxima, y ni corto ni perezoso, me pongo en mitad de la carretera para pararla. A alguien tendré que preguntar ¿no? Hete aquí que el conductor ante mi pregunta por un pabellón nuevo en la localidad lo conoce, menos mal, pero que está a unos cuantos kilómetros y por allí difícil orientarme entre chalets y zonas en construcción (era el guarda de una obra cercana).

El tipo con un tatuaje en el cuello y con unas pintas un tanto “sospechosas” en aquella furgoneta que estaba para el desguace se ofrece para llevarme. A lo cual acepto sin pensármelo pues era mi primer partido en un club al que había recién llegado y no podía arriesgarme a causar tan mala impresión llegando tarde, si es que llegaba, al primer partido de la temporada. Ya dentro del vehículo pensé que el riesgo podía ser otro: “¿dónde me he metido?, éste tipo me lleva, sí, pero al infierno”. Pues no, me dejo en la mismísima puerta (encima fui el primero del equipo en llegar). Malditos prejuicios.

Para aquellos que piensan que entrenar a chavales/as es un camino (nunca mejor dicho) de rosas, habrán comprobado que tiene su miga incluso sin estar la pelota de por medio. Y es que viajar de aquí para allá en transporte público a veces lleva más tiempo del debido y sobre todo alguna que otra situación curiosa.

2 comentarios:

Mo Sweat dijo...

Grandes historias del baloncesto y de la vida misma que siempre son un placer leer, Jorge.

Esto bien podría dar pie a una road movie sobre baloncesto... XD

Saludos.

Jorge dijo...

Gracias Mo.

No sé si una road movie, pero para un cortometraje bien apañado sí que daba.

Saludos.

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