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miércoles, 11 de abril de 2018

Historias de un Entrenador de Formación (18): Preguntas

Por Jorge

El entrenador de formación pasa por una serie de vicisitudes que son comunes a cualquiera que se dedique a este baloncesto. Da igual el equipo y el nivel. Entre ellas están algunas preguntas de los jugadores que se repiten una y otra vez. Y que en ocasiones no dejan de ser un reflejo de algunos defectos que todos los entrenadores tratamos de pulir. Como por ejemplo la falta de concentración.

Pondré varios ejemplos clásicos. Jugadores que te preguntan si estamos en el tercer cuarto. Y no, no me refiero al benjamín que se entiende que todavía es pronto para que sepa distinguir cuando un parón del juego se debe al final de un cuarto o a un tiempo muerto, sino a la pregunta de un infantil, cadete o hasta júnior.

¿Por quién? Apremias a pedir el cambio a un jugador mientras otro se ha dado un golpe, está sangrando, miro al banquillo pidiendo el cambio, o hizo su tercera falta personal. Y todavía te preguntan por quien tienen que entrar. Por cierto, todavía recuerdo aquel jugador que después de que sustituyera a un compañero suyo por cuatro faltas, me preguntase muy ufano si la eliminación por personales era por cuatro. Y me refiero a un jugador cadete.

¿Qué ha pitado? El árbitro pita cualquier infracción, no necesariamente fuera de lo común, y todavía en canasta grande tienes jugadores del banquillo que te preguntan que ha pitado porque no se enteran de nada. Poco más o menos lo mismo que les sucede a muchos de ellos mientras están en el campo.

Estas y otras muchas preguntas nos hacen a los entrenadores de formación cada temporada. Mucho ánimo para todos, y mucha paciencia y a seguir intentando mejorar la concentración y atención de los jugadores, así como su conocimiento del reglamento y del juego.

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viernes, 2 de junio de 2017

Historias de un Entrenador de Formación (17): a vueltas con la educación

Por Jorge

No sé si será la edad, que me estoy haciendo mayor, o que cada vez doy más importancia a cosas que a priori menos tienen que ver con el deporte propiamente dicho, y sí más con el comportamiento y la educación en general.

El caso es que me he visto en un par de situaciones que me han obligado a “tirar de galones” para afear determinados comportamientos de mis jugadores que a mí me parecen maleducados, aunque tal vez no para según que ocasiones. Me explico.

En una competición escolar, para los partidos a disputarse fuera de nuestro instituto, tuve que viajar con los jugadores en transporte público, y éste no va precisamente vacío, por lo que la presencia de un grupo de jóvenes, por momentos escandalosos, no pasa desapercibida. Y menos cuando se dedican a utilizar palabrotas a troche y moche sin ningún sentido ni necesidad (me reitero sobre lo que escribí acerca del lenguaje y el comportamiento social de algunos en otro momento), y para más inri, en medio de sus diatribas alguno soltaba un molesto “profe” para dirigirse a mí y preguntarme yo que sé, que cuántas paradas quedan para llegar a nuestro destino.

Como podrá suponer el lector los colores y la vergüenza asomaban a mi rostro cuando delante del resto de viajeros me veía en la tesitura de contestar, y de sentirme entonces a ojos del resto de viajeros como parte responsable del comportamiento de tales jóvenes. Y no eludo mi responsabilidad, pero teniendo en cuenta sus edades, y que apenas llevaba varias semanas con ellos, me parece que dicha responsabilidad se dejó de ejercer hace tiempo con ellos por parte de otras personas.

Me gustaría saber que tipo de lenguaje utilizan en su día a día, no ya en clase, que imagino que será similar, sino en familia. Y me imagino que la situación será la misma, y me da pena.

Lógicamente no me atreví a reprender ese tipo de lenguaje delante de los demás, por temor a que fuera contestado, que seguro que habría sido lo más probable, y esperé a llegar al instituto donde jugábamos para antes de empezar hacer un aparte y recomendar que debían hablar y comportarse en público con educación para demostrar a los demás su saber estar y sus buenas maneras. No sé si caló muy hondo mi pequeño blablablá, pero en los siguientes viajes con un comentario previo bastó para que su comportamiento fuese mejor, demostrando que si quieren, también pueden ser educados.

La otra situación de carácter educativo que he vivido recientemente, tiene que ver con el banquillo de un equipo femenino, y la manía de que algunas jugadoras se sienten en el suelo (habiendo espacio en el banco) o que lo hagan de cualquier manera (cruzando las piernas sin apoyarlas en el suelo).

Sé que esto parecerá una tontería, y desde luego no diré que es muy importante, pero si tuve que afear el comportamiento de alguna de las jugadoras, además de por la imagen del equipo, porque sentándose de cualquier manera no dejaban espacio a otras compañeras, y lo cierto es que también era una manera de dejar claro que una cosa es lo que haga en su casa o con sus “colegas”, y otra bien distinta lo que hagan con el equipo.

No sé cuales serán los objetivos que se marcan otros entrenadores, pero entre los míos está comportarse con educación y deportividad siempre, y en especial más si cabe cuando se juega fuera de nuestro campo por la mencionada imagen. Y sí, sé que no me tendría porqué importar lo que piensen de nuestro equipo, pensarán algunos, pero al final la vida y la educación son hábitos, y si te comportas correctamente en todo momento, al final no dejarás de hacerlo siempre, o al menos sabrás distinguir cuando te puedes comportar de un modo (la manera de sentarse como en este caso) y cuando de otro.

No escurro el bulto porque sé que parte de la educación que se inculca depende de personas como nosotros los entrenadores, que no somos profesores como tal (de ahí que no me guste que me llamen “profe”), aunque en cierto modo ejercemos como tales. Y como bien se dice, la educación de los jóvenes es responsabilidad de toda la tribu.

Por supuesto aunque me parece que situaciones como las descritas me temo que son habituales, también hay excepciones notables de jóvenes bien hablados, o que saben qué decir o cómo hablar delante de otros adultos, y que también saben sentarse y comportarse con un mínimo de decoro en lugares públicos.

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miércoles, 16 de marzo de 2016

Historias de un Entrenador de Formación (16): protestas desconociendo el reglamento

Por Jorge

Todos, jugadores, entrenadores, padres y público en general, hemos protestado alguna vez alguna decisión arbitral. Incluso árbitros habrá que hayan protestado decisiones de sus propios compañeros de faena cuando estuvieron del otro lado del juego.

Es normal. La queja, la protesta, me atrevería a decir que es algo inherente al ser humano. Sin embargo lo que me llama la atención, y lo he vivido en mis propias carnes, es que haya algunos que protesten pese a desconocer el reglamento. Así más de una vez tuve que girarme hacia algún jugador del banquillo para afearle su protesta por tal desconocimiento. Pondré un par de ejemplos de acciones que se suelen protestar sin motivo:

- Campo atrás: ya se mencionó en otra sección de este blog algunas particularidades referidas a esta regla, y que con los últimos cambios, se permite a un jugador que está en campo de ataque y recupera el balón en el aire terminando de aterrizar en campo trasero sin que por ello se penalice con campo atrás. Sin embargo no hay ocasión en que esto ocurra y se proteste, o que incluso siendo un jugador el protagonista de la acción, se tema agarrar/tocar la pelota y se suelte en el aire como si se fuera a cometer tal infracción.

- Fuera si pega el balón en la parte alta o canto del tablero: no sé si hubo algún cambio en el reglamento al respecto, pero antiguamente se tenía la errónea creencia de que si la pelota golpea en una de esas partes, es fuera. Sin embargo ahora la regla 23.1.2 (reglamento FIBA) es clara, el balón está fuera cuando toca “los soportes del tablero, la parte posterior de los tableros o cualquier objeto situado encima del terreno de juego”. Y más de lo mismo, sigo sin dejar de escuchar protestas cuando la pelota pega en el canto del tablero y los árbitros, con razón, no pitan fuera.

Si bien no puedo decir que no proteste alguna vez en los partidos que dirijo, con el tiempo cada vez tales quejas decrecieron, pues a fin de cuentas cualquiera se equivoca y en todo caso jamás justificaré ningún resultado por ninguna decisión arbitral en contra (o a favor) pues demasiados detalles conlleva un partido de baloncesto como para reducirlo todo a la actuación arbitral. Así, ¿cuántos tiros libres (y de otro tipo) falla un equipo como para que luego se cargue la responsabilidad de una derrota en los hombros de los árbitros? ¿Cuántos despistes defensivos se cometen en un partido para que luego les echemos la culpa de una derrota a los árbitros? Sólo son dos ejemplos, pueden añadir cuantos quieran.

Animo a todos a protestar menos, a ayudar a los árbitros, que arbitrar es muy difícil (y sino prueben), y céntrense en lo que depende de si mismos, mejorar su juego, y en este caso también, a conocer mejor el reglamento para que cuando protesten no se queden "con el culo al aire". Por cierto, también los entrenadores deberían incluir entre sus enseñanzas las de hacer conocer las reglas del juego a sus jugadores, que si bien cada vez se dedica más tiempo a áreas que están en sí “fuera del juego”, como la preparación física y mental, tampoco está demás acotar un tiempo para ese conocimiento del reglamento.

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lunes, 11 de enero de 2016

Historias de un Entrenador de Formación (15): ejercicios de entrenamiento

Por Jorge

Todo entrenador que se precie ha pasado alguna vez por la situación en la que después de explicar un ejercicio a sus jugadores durante un entrenamiento, sobre todo con chavales, éstos (o alguno de ellos) le hacen la clásica pregunta: “¿Y esto para qué sirve?”.

Por supuesto también todo entrenador ha tenido (y tiene) jugadores bajo su dirección que se tirarían por un puente si se lo pidieran, chavales que no le dan mucho al “coco” o quiero mejor pensar que tienen fe ciega en su entrenador (que bonito me ha quedado), que entienden que todo aquello que se hace en los entrenamientos tiene una finalidad y objetivos concretos encaminados a hacer de ellos mejores jugadores de baloncesto.

La respuesta a quienes cuestionan algunos ejercicios y que parecen sólo interesados en jugar partidos y poco más, suele ser de lo más variopinta en función del humor que en ese momento tenga el entrenador, pero lo normal, o al menos en mi caso, es justificar tal ejercicio porque es necesario practicar determinadas situaciones que luego se darán durante los partidos.

Recientemente leí una frase referida a este asunto de parte del actual entrenador de San Antonio Spurs, Gregg Popovich, en la que decía que "algo se ha de trasladar de los ejercicios a los partidos porque, si no, los ejercicios no sirven de nada."

Habitual es que los entrenadores tengamos que hacer hincapié a los jugadores para que pongan un punto de atención en ciertos detalles para evitar que actúen como robots en algunos momentos de los ejercicios, estando más pendiente de las rotaciones o de si encestan o dejan de encestar. Y es que no es fácil hacer que los jóvenes y no tan jóvenes sean capaces de mantener la concentración en lo que de verdad es importante, y hasta que entiendan que lo que están haciendo luego tendrán que ponerlo en práctica en los partidos.

Una expresión muy mía que suelo mencionar cuando los jugadores actúan sin pensar, sin sentido, es recordarles que imaginen que están en un partido, y no digamos si el ejercicio se desarrolla sin defensa. Y lo cierto es que a veces, demasiadas para mi gusto, pecan de poca imaginación (también hay excepciones de algunos que se montan sus propias películas de ciencia-ficción en la pista), actuando como si el ejercicio se hubiese planteado para pasar el rato durante el entrenamiento. Sin duda una manera de evitar “despistes” radica en insistir una y otra vez a los jugadores acerca de cuales son los objetivos del ejercicio.

Al hilo de las preguntas de los jugadores y sobre todo de esos objetivos que deben tener cada ejercicio, algunas veces, mirando entrenamientos de otros entrenadores, parece que éstos quieran demostrar algo a sus jugadores, como si temieran que fueran a ponerles en duda sus conocimientos y tuvieran que proponer ejercicios enrevesados para hacerles ver cuanto saben de baloncesto. Así complicando los ejercicios, lejos de facilitar el aprendizaje confunden a unos jóvenes que en muchos casos apenas dominan los fundamentos más básicos.

También, en el lado opuesto, se ven en ocasiones a otros entrenadores que apenas corrigen o que dan muy poca importancia a los detalles de técnica y táctica individual, y desarrollan ejercicios cuya finalidad parece sencillamente pasar el rato. Y bien podrían ponerse a leer el periódico mientras sus jugadores se ejercitan que daría igual, el ejercicio se desarrollaría de la misma manera.

Estos son dos casos extremos que afortunadamente no suelen ser lo habitual, ahora bien, a mi juicio los ejercicios deben ser sencillos pero con detalles, con matices, cuya ejecución cueste realizar a los jugadores de tal modo que el nivel de dificultad sin que sea tan elevado como para desanimarles, les ayude a motivarse por mejorar. Y por supuesto, insistiendo, tales ejercicios cuanto más similares sean a las situaciones de juego que se vayan a encontrar en los partidos, mejor. Así llegado el momento de jugar estarán más preparados para hacer frente a las dificultades que les ponga la defensa o el ataque según sea el lado de la pista en el que se encuentren.

Si bien la frase que mencionaba antes corresponde a una leyenda de los banquillos y algo sabrá por tanto sobre este tema, me permitiré de todos modos “tocarle un poco las narices”. Y es que también, a veces, en determinados momentos de un entrenamiento se hacen ejercicios cuya finalidad no es trasladable propiamente al juego y sin embargo repercuten en el ánimo que luego puedan tener los jugadores. Me explico.

En ocasiones un entrenamiento también puede incluir ejercicios competitivos más “divertidos” o de relativo asueto, como cualquier juego que sirva para crear un ambiente más distendido, para así aliviar ciertas tensiones que suelen acompañar el devenir de todo equipo, y facilitar con ello el aprendizaje y la aplicación de los jugadores en posteriores ejercicios que si tengan una relación más directa con el juego que luego va a desarrollar el equipo.

Resumiendo para los entrenadores de formación, aplíquense con ejercicios sencillos que reflejen situaciones reales de juego que luego vivirán los jugadores en el transcurso de sus partidos. Y por supuesto no teman sus preguntas. A todos los entrenadores nos gustaría ser interrogados habitualmente, que no siempre, durante nuestros entrenamientos. Señal de que los jugadores están implicados y ponen interés.

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martes, 2 de junio de 2015

Historias de un Entrenador de Formación (14): Entrenador-jugador

Por Jorge

Cada temporada está llena de detalles, novedades y situaciones vividas por cualquier entrenador que darían para escribir un libro. En este caso rescato una peculiaridad que hizo distinta esta temporada para mí.

Durante este curso entrené un equipo cadete en formación, con poca base y experiencia en relación a la edad de los chavales (ya me referí a ellos en un texto anterior), y fue un placer ver su evolución, pues aunque queda mucho por aprender y crecer, uno se queda con la satisfacción del trabajo bien hecho por su parte y sobre todo con las caras de diversión y contento que tuvieron los chicos durante los partidos y entrenamientos.

Pero además de ese equipo, por primera vez entrené a un equipo senior, tan particular o más que el cadete y cuyo entrenamiento era un reto que afronté al principio con dudas y del que por desgracia no acabo todo lo contento que me hubiese gustado. Las circunstancias llevaron a hacer entrenamientos con muy poca gente y además no parecían tener en ocasiones todas las ganas que a mi me hubiera gustado, aunque esto el algo que nos pasa siempre a veces a todos los entrenadores.

La competición de este equipo era federada aunque en una categoría menor, y pese a estar bien avenidos sus componentes, hubo que adaptarse a un grupo de gente que quiere seguir jugando teniendo que hacer frente a eventualidades personales (laborales y familiares principalmente) que están por encima del juego, como no puede ser de otra forma, claro. En definitiva que las circunstancias mandaron teniendo que echar una mano también en la pista, ejerciendo así las funciones de entrenador-jugador en algunos partidos, algo que hoy en día no se ve en la elite y difícilmente en el baloncesto federado salvo casos como éste en el que un grupo de veteranos jugadores quieren seguir jugando para matar el gusanillo.

Entre los casos que recuerdo de entrenador-jugador en el baloncesto profesional están Bill Russell y Dave Cowens en los Boston Celtics de los 60 y los 70 respectivamente. Russell ejerció de entrenador-jugador en los Celtics que ganaron los títulos de la NBA en 1968 y 1969. Y Cowens cumplió las mismas funciones durante 68 partidos en la temporada 1978-79 consiguiendo 17 puntos y 10 rebotes de media en la pista, y ganando 27 partidos desde el banquillo. Llama la atención, sobre todo en el caso del primero, que pudiera rendir a buen nivel en la pista e incluso que esos equipos acabaran alcanzando la conquista del campeonato.

Evidentemente no puedo compararme con esos mitos del baloncesto a cuya altura no llego además de porque lógicamente las circunstancias eran otras, si bien imagino las dificultades que tuvieron que pasar para separar las facetas de entrenador y la de jugador en cada partido y comportarse con el resto de jugadores según el rol que correspondía en cada momento. Obviamente ellos tendrían una estructura con ayudantes de entrenador que les haría más fácil todo, cosa que no era así en mi caso, pero con ayuda o sin ella, cambiar la mentalidad con la que se afronta un partido a mi particularmente me pareció difícil.

Jugué partidos en los que ya sabía de antemano que me tocaría hacerlo por falta de jugadores, y los afrontaba como jugador más que como entrenador de tal manera que imbuido del juego a veces desatendía cuestiones relativas a la dirección del equipo, y en otros casos, las circunstancias sobrevenidas (ausencias inesperadas, eliminaciones por faltas personales) me llevaban a tener que jugar pero entonces sin las ganas y preparación mental que se requiere para ello, pensando más en la dirección como entrenador que lo que tenía que hacer como jugador.

Si me refiero a todo esto es por la particularidad de que habiendo jugado horas y más horas, y las que me quedan, jamás jugué una liga federada, ni tuve un entrenador. Así que por primera vez he jugado baloncesto federado, siendo mi propio entrenador, debutando a una edad a la que la mayoría de la gente ya no juega (sin duda en profesionales se cuentan casi con los dedos de una mano quienes llegaron a jugar a mis años). Y permitirme que me sienta orgulloso de haberlo hecho jugando por momentos hasta bien y sin desmerecer del nivel medio del resto de jugadores de la liga anotando algunos triples (hasta 15 puntos en poco más de dos cuartos en una ocasión) y aguantando el tipo pese a mi defensa “inteligente” como yo la llamo, enfrentándome en algunos casos a chavales que bien podrían pasar por mis hijos, y con un nivel físico que no tuve a sus edades y ni mucho menos tengo ahora.

Sin duda este debut federado será una anécdota que guardaré como buen recuerdo de esta temporada 2014-2015, aunque espero no repetir experiencia, pues aunque me sentí a gusto jugando, mi papel principal debe pasar por centrarme en la dirección como entrenador, que para disfrutar del juego como tal siempre me quedaran las pachangas o algunos tiros con los chavales durante los entrenamientos.

Ahora que la temporada tocó a su fin es momento de pensar ya en la próxima, con nuevos retos, con ideas por desarrollar, con ilusiones que cumplir, y esperando nuevas sorpresas pero sobre todo con ganas de seguir disfrutando del baloncesto.

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lunes, 16 de febrero de 2015

Historias de un Entrenador de Formación (13): jugando con un equipo superior

Por Jorge

Hace algunas semanas escribí un texto acerca de cómo se puede actuar en el baloncesto de formación cuando un equipo es muy superior a otro, y sin machacar al adversario, seguir progresando y mejorando. Incluso me atreví a proponer alguna medida que evitara esas desigualdades que muchas veces vemos en las canchas de juego.

Hoy escribo para hablar de la situación contraria. Que se puede hacer cuando un equipo es notablemente inferior técnica y sobre todo físicamente. Hace varias semanas me toco vivir un partido en el banquillo desde ese lado y esto es lo que ocurrió.

Pongámonos en antecedentes, el equipo que entreno siempre jugó antes una competición menor en la que incluso a pesar de que sus condiciones técnicas y físicas eran mejorables podían ganar algunos partidos. Ahora se juega otra competición también menor pero con un poco más de nivel. Entrenamos poco más de una hora, un par de días a la semana, aquellos que vienen a entrenar si no faltan por tener que estudiar (eso dicen ellos) o por cualquier otro motivo… y sólo en una canasta (sí, tal cual leen).

Para el partido frente al equipo muy superior, nosotros, cadetes de primer año jugábamos contra chavales en apariencia de segundo año por tamaño y desarrollo físico, que además nos doblaba en número de efectivos. Nosotros somos nueve (luego se incorporaron dos chicos más) y para ese partido nos presentamos con seis. Uno era baja por estar de viaje, otro por estar enfermo, y el tercero es un infantil que si no juega con su equipo (cosa que hacía ese día) nos echa una mano. Incluso al final acabamos el partido sólo con cuatro debido a una pequeña lesión y a la salida del partido de otro por cinco faltas personales.

El calentamiento estuvo bien, bueno, todo lo bien que puede ser un calentamiento cuando dispones sólo de un balón. Todos nuestros partidos los jugamos como visitantes en esta competición incluso cuando aparecemos como locales en el calendario. En los pabellones no dan balones para el equipo adversario y hasta ahora sólo un equipo rival viendo nuestra situación se digno a dejarnos algún balón más. El caso es que por más que se les dice a los chavales que lleven sus balones de casa, un triunfo es conseguir que tengamos uno… y que bote (parece de risa, pero en una ocasión ni botaba).

Retomemos el partido. Tras ese calentamiento llega la salida para iniciar el partido. Las instrucciones son claras. Poner energía y tratar de llevar a la práctica las cosas que se entrenan durante la semana: bote agresivo por ambos lados (utilización de la mano/lado no dominante), cambiar balón de lado en bote o pase, trabajar para recibir, dar distancia en defensa evitando que nos rompan en bote, cerrar el rebote, y poco más. El caso es que el equipo contrario salió en tromba y gracias a su superioridad física consiguió muchas canastas dentro de la zona, bien tras rápida recuperación del balón o por rebote ofensivo. Curiosamente su entrenador aplaudía y reconocía con cierto entusiasmo unas canastas que desde mi punto de vista no tenían mucho mérito, e incluso me llamó la atención el tan manido uso de los bloqueos directos (no muy bien ejecutados, por cierto) pese a que no distinguí buen manejo de balón (no digamos ya con mano no dominante), por no hablar del poco o nulo uso del tiro exterior tras pase, bote y paradas, y otros detalles técnicos que bien pudo aprovechar para practicar.

Inicialmente viendo como éramos apabullados y ante las caras de impotencia de los chavales fui pidiendo varios tiempos muertos para descansar y alabar sus intentos de botar y pasar mejor para a continuación hacer hincapié con cierta vehemencia (que no bronca) en que no podíamos agachar la cabeza (entendible hasta cierto punto), animándoles a continuar intentándolo con más energía y concentrándonos en los detalles que practicamos en los entrenamientos.

Y a partir de ahí me desgañite en la banda reconociendo todos esos intentos pese a que muchos fueran fallidos, animándoles y haciéndoles ver que en algún momento se estaba jugando bien pese a que no se estaba consiguiendo anotar o evitando que anotaran. Insistí que nuestro triunfo ese día era intentarlo sin salirnos de la línea que viene marcada desde los entrenamientos porque de nada sirve conseguir canastas o ganar partidos si realmente no se mejora y se aprende para los siguientes.

En estos casos conviene centrarse en pequeños objetivos que estén por encima del resultado aprovechando el partido como si fuese un entrenamiento más pensando en los que estén por venir esa temporada y posteriores insistiendo en lo que se van trabajando día a día: trabajo de recepción para poder circular el balón, bote agresivo para romper las defensas y poder anotar o doblar el pase, posición defensiva, etc.

Las caras por supuesto fueron cambiando, y ya en la segunda parte eran conscientes de cual era nuestro objetivo y más vista la superioridad rival. Se pusieron manos a la obra, e incluso cuando tenía que corregir algunos de sus errores (no cambiar el balón de lado botando con la mano no dominante, por ejemplo) eran conscientes, lo entendían y lo seguían intentando.

Recuerdo una defensa de un saque de fondo, en la que conseguimos defender cara a cara sin dejar que metieran el balón dentro de la zona y que tuvieran que sacar hacia fuera que fue un pequeño éxito para nosotros siendo más listos, y es que donde no llegan nuestras habilidades o nuestros físicos, si puede llegar nuestra cabeza, y esa es una lección que luego compartir con ellos al final del partido.

Para un entrenador no es fácil aguantar sin dejarse arrastrar por la situación deseando que acabe cuanto antes un partido así, sobre todo cuando las caras apesadumbradas de los chavales cortan cualquier esperanza lejos de transformarse al menos en cierto ímpetu en el juego, y aun perdiendo se haga con el orgullo que debe acompañar a todo equipo.

Situaciones parecidas vivo a veces también en entrenamientos de manera que no hay año que en alguna ocasión no suelte a mis equipos la “amenaza” de que si esa desgana que muestran en ocasiones (como si les diera todo igual) no desaparece y demuestran mejor actitud la próxima vez les dejaré un balón para que jueguen un rato y yo me agarraré un libro o me pondré a leer un periódico como si no fuera conmigo la cosa. Por supuesto eso nunca ocurre porque por mucha apatía que se me pueda transmitir no está en mi carácter mirar para otro lado. Puede que a los jugadores les de igual, a mi no. Está en mi forma de ser, seguir perseverando y corrigiendo aquellos detalles que son necesarios para mejorar, por pequeña que sea esa mejora.

No sé si en aquel partido actué correctamente y abierto estoy a recibir comentarios y sugerencias para mejorar y hacer frente a una situación similar si vuelve a repetirse, ahora bien, a juzgar por su caras de atención en los tiempos muertos, y sobre todo al final, creo que les quedó clara cual era la enseñanza que pretendí inculcarles: siempre máximo esfuerzo y concentración aunque el rival sea superior (también si fuera inferior), aprovechar para mejorar técnica y tácticamente por pequeños que sean los detalles que se puedan practicar, y entender que el resultado no determina que se haga bien o mal, porque como leí en una ocasión, a veces se gana y… otras se aprende.

Los chavales desconocen la existencia de este blog y de hacerlo no sé si se pararán a leer estas palabras que sin embargo están dedicadas a ellos. Cabeza alta y a seguir entrenando para mejorar. Ese día el marcador fue adverso pero demostrasteis que cuando ponéis toda la energía y concentración que tenéis siempre ganáis, diga lo que digan los números del acta.

El éxito en la vida y el deporte no consiste en ganar siempre, sino en no darse por vencido nunca. Los resultados puede que sean la única vara que mida el éxito para otros, pero para quienes conforman un equipo, el triunfo debe venir marcado por la actitud que se toma en cada entrenamiento y partido con la idea de mejorar y disfrutar durante el camino.

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jueves, 2 de octubre de 2014

Historias de un Entrenador de Formación (12): la Pizarra

Por Jorge

La pizarra es ese instrumento que ayuda a los entrenadores a recordarles a los jugadores aquellas jugadas que quieren que luego hagan sobre la pista. A priori ésta sólo se utiliza en equipos con suficiente bagaje y experiencia como para necesitar acudir al juego más fijo y reglado que supone utilizar sistemas y jugadas concretas.

A veces esa pizarra acompaña a entrenadores de todo tipo y categoría de tal manera que también se pueden ver incluso en minibasket aunque en esos casos casi más como una seña de identidad que para darle un uso real. Sin embargo, en ocasiones se ven partidos de niños muy pequeños en los que un entrenador coge su pizarra para dar alguna explicación y entonces es habitual que algún entrenador más veterano que observan tal circunstancia hagan algún gesto desaprobatorio e incluso lleguen a hacer algún comentario peyorativo si se encuentran en un corrillo con otros colegas al considerar una tontería o quizá un gesto de entrenador que no corresponde para chavales de tan cortas edades.

Utilizada por lo general en mi caso con chavales de una cierta experiencia, y una vez que también la uso en los entrenamientos para explicar detalles concretos, luego resulta que las más de las veces, quiero creer que por baja concentración aunque también seguro que por nervios o tal vez una mala explicación, no escurro el bulto, no suelen enterarse de lo que se les pide durante los partidos. Y repito, pese a que la mayoría, sino todas las veces, la utilizo para recordar algo que se ha hecho con cierta regularidad en los entrenamientos, y que por lo general son situaciones de juego sencillas.

En cualquier caso, el motivo de estas palabras está en mostrar el ejemplo contrario de un efecto positivo en el uso de la pizarra, curiosamente con jugadores de minibasket, que viví durante sus entrenamientos.

Cierta temporada, una compañera y servidor, que era su ayudante, teníamos la difícil tarea de entrenar a un grupo de quince benjamines en un espacio incluso más pequeño que un campo completo (por compartir entrenamientos con otros equipos y tapar las lonas que dividían las pistas las líneas laterales del campo).

A la dificultad espacial se añadía que en el grupo se encontraban, como es lógico a esas edades, chavales de todo tipo: atentos, despistados, juguetones, etc., y eso complicaba que mantuvieran la atención durante la explicación de los ejercicios.

A modo de prueba decidimos utilizar la pizarra inicialmente para centrar la atención de los chavales en un punto concreto, inicialmente para ejercicios más sencillos. Visto que ese objetivo de partida, mejorar la atención de los pequeños, tenía sus frutos, decidimos también utilizarla para ejercicios integrados algo más complejos y en los que era importante definir espacios y rotaciones. Lógicamente en ese segundo caso las explicaciones eran breves y se completaban con su explicación posterior en la pista. Pero tengo que decir que en nuestro caso la experiencia fue positiva y conseguimos, en general, que los chicos se enterasen gracias a su mejora de atención y a su vez conseguimos o al menos quiero creer que les ayudamos a un mejor conocimiento espacial de la pista de juego.

Luego en los partidos no recuerdo que la utilizáramos, quizás en algún momento puntual para recordar algo, pero con quien seguro lo hicimos fue con otro equipo infantil femenino, con quienes por supuesto también lo hacíamos en las explicaciones de ejercicios durante los entrenamientos.

Concretamente con las chicas utilizábamos la pizarra para mantenerlas entretenidas en los partidos ¿Qué quiere decir eso? En ese grupo de chicas, que aún estaban por definir su afición por así decirlo al baloncesto, se pasaban los partidos en el banquillo pendiente de otros detalles y haciéndose comentarios sobre temas personales que en nada tenían que ver con el juego.

La pizarra les llamaba la atención y siempre querían dibujar algo en ella de tal manera que decidimos que podíamos utilizarla para que ellas llevaran algún tipo de anotación estadística sencilla de los partidos, número de rebotes cogidos, balones recuperados, etc., y lo apuntaran en ella, de manera que con ello pretendimos que las más despistadas estuvieran más atentas al juego y a las posibles explicaciones de los entrenadores.

Creo recordar que no tuvimos en el caso de ellas todo el éxito que nos hubiese gustado con esa estrategia, pero al menos lo intentamos y demostramos que con la pizarra se pueden conseguir más objetivos de los que se creen, y que no sólo es un instrumento que sirve para categorías “mayores” sino que también puede tener su utilidad incluso con lo más pequeños y en equipos de menor nivel.

No pretendo categorizar ni desde luego imponer mi pensamiento, pero sí espero que sirvan estos ejemplos para hacer entender a aquellos entrenadores que se dedican a mover la cabeza en señal de desaprobación cuando ven a un entrenador de formación que va con la pizarra a cuestas, que si bien a determinadas edades las instrucciones se dan mejor con la comunicación verbal y gestual, la pizarra puede ser un instrumento valioso en la dirección de un equipo para conseguir otros objetivos que poco o nada tienen que ver propiamente con la táctica del juego.

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lunes, 23 de septiembre de 2013

Historias de un Entrenador de Formación (11): maneras de dirigir

Por Jorge

El baloncesto de formación debe tener como objetivo enseñar a jugar a los jóvenes jugadores. Y los partidos deben ser el banco de pruebas para que éstos comprueben las habilidades que aprendieron y dominan. Sin embargo, cada fin de semana que tengo la oportunidad de ver baloncesto en directo, más bien parece que los partidos son un juego de videoconsola con el entrenador al mando.


Durante el pasado mundial U19 que disputó la selección española dirigida por Luis Guil, tuve la oportunidad de ver un partido vía Internet en el que gracias a los micrófonos de ambiente y la casi nula presencia de público en las gradas podía escuchar los gritos del entrenador haciendo indicaciones constantes a los jugadores españoles.

A mí no me parece muy pedagógico que el entrenador tenga que estar todo el rato diciéndoles a los jugadores qué tienen que hacer llegando a tomar decisiones que deben ser exclusivas de los protagonistas con el balón en juego. Principalmente porque cuando ese entrenador deje de hacerlo es muy posible que los jugadores no sepan que hacer o no se atrevan a tomarlas por sí mismos.

A raíz de aquel partido y según se estaba disputando, Piti Hurtado, entrenador estrella en las redes sociales y que ahora tuvo que emigrar a Japón para entrenar, lo estaba viendo. Así que le pregunté que le parecía ese comportamiento de su “colega”:

Piti si bien tenía razón, claro, no se mojó mucho, quizás por "corporativismo" o sencillamente porque un servidor era sólo un seguidor de twitter y tampoco se puede estar dando explicaciones detalladas a cualquiera.

El caso que presento viene a colación porque el pasado fin de semana pude ver un derbi de categoría EBA entre Real Madrid y Estudiantes, y nuevamente pude apreciar esa manera de dirigir (aunque ese sea un baloncesto de formación casi profesional) que a mi no me va en un banquillo en contraste con el otro. El primero estaba ocupado por Paco Redondo, ganador el curso pasado de todo lo ganable con el equipo júnior del Joventut de Badalona, actual entrenador del Real Madrid (júnior y EBA), y el segundo por Mariano de Pablos, entrenador del equipo colegial.

Paco Redondo me sorprendió con una “agitación” constante en el banquillo, llegando a mandar en el juego como si fuese un jugador más, gritando en algunos momentos incluso cuando debían ejecutar un pase o un movimiento determinado privando al jugador de tomar él su propia decisión. La verdad es que el año pasado, durante la participación de la Penya en el torneo junior de Aristos (que ganaría) no aprecie esa manera de dirigir que diría Piti Hurtado. Supongo que la presión de entrenar en el Real Madrid también hace lo suyo.

Por el otro lado, Mariano de Pablos, aunque me pillaba más lejos (me encontraba sentado tras el banquillo madridista), apenas le vi haciendo indicaciones durante el juego (seguro que alguna hizo con el balón muerto), siempre atento, pero en actitud serena con la sensación de confiar en sus jugadores dejándoles hacer. Ya habría tiempo para las oportunas correcciones con el juego parado o en los tiempos muertos. Supongo que también en su caso ayuda un mayor conocimiento de sus jugadores y que seguramente su equipo esté “más trabajado”.

Mis palabras no pretenden criticar (aunque los entrenadores tenemos que convivir con la crítica) ningún estilo a la hora de dirigir los partidos, pues además seguro que en muchos casos se mezclan en un mismo entrenador diferentes características de uno y otro, pero si me tengo que decantar por uno, siempre apostaré por el que en este ejemplo demostró el entrenador de Estudiantes (que por cierto, ganó el partido, y al día siguiente el torneo).

No puedo mentir. En más de un partido metí canastas, cogí rebotes o robe balones desde el banquillo gracias al oportuno grito de marras que despertó a un jugador para llevarle a hacer lo que debía. Y no me vanaglorio de ello, la verdad. Y siempre me digo antes de empezar la temporada que voy a asistir casi impertérrito al desarrollo de los partidos para que sean los chavales quienes acierten o se equivoquen para luego reforzar o corregir sus acciones. Veremos lo que me dura porque después las pulsaciones se disparan y en el fragor del partido uno no se puede controlar.

Comprendo que en minibasket cuando el conocimiento en el juego de los jóvenes es tan pequeño, es inevitable e incluso necesario “radiarles” los partidos para que vayan haciendo lo que deben debido a su inexperiencia y falta de concentración. Igualmente, ya con más mayores, comprendo que los gritos de ánimo en defensa si son necesarios para mantener una tensión defensiva que muchas veces se viene abajo porque los jugadores prefieren centrarse y dar su mayor esfuerzo en ataque, que viene a ser más divertido.

Sin embargo si se quiere que los jugadores aprendan a tomar decisiones por sí mismos, habrá que darles confianza para ser capaces de adquirir autonomía propia más allá del entrenador. Y eso empieza en los entrenamientos y continúa en los partidos, pues ¿acaso Mariano de Pablos no está encima de sus jugadores en los entrenamientos para que luego no necesite estarlo tanto durante los partidos? Seguro que sí.

Ah, y se me olvidaba, para los entrenadores “gritones”, decir que la mayoría de esos gritos con el balón en juego los jugadores se lo pasan por el forro, al menos si están a lo que tienen que estar, que es el juego. Así que mejor dejar de dar la tabarra. No sirve para nada, salvo para desahogarse.

Entiéndase que mi opinión no tiene mucho valor o al menos está por debajo de la que bien podrían expresar entrenadores expertos, pues a fin de cuentas entreno equipos que ni por asomo tienen la calidad de los que cité, además de que tampoco tengo ni los conocimientos ni la experiencia de los entrenadores mencionados. Solo estoy aprendiendo. Así que animo a quienes lean estas palabras para que hagan comentarios que puedan aclararme/nos algo más sobre las maneras de dirigir un partido en el baloncesto de formación.

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sábado, 23 de marzo de 2013

Historias de un Entrenador de Formación (10): uso del lenguaje

Por Jorge

Recuerdo siendo preadolescente que un día por la calle iba repitiendo una palabrota a voz en alto, a lo que mi hermano respondió atizándome y pidiéndome que me callara por la vergüenza que le estaba haciendo pasar delante del resto de la gente.


Sin embargo ahora vas por la calle, y si uno presta un poco de atención no hay chaval/a que no tenga reparo en ir voceando a los cuatro vientos palabras poco apropiadas sin importar quien o quienes escuchen, sean adultos o niños.

Los tiempos cambian, y lo que en otra época era recato y buena educación a la hora de hablar en determinados espacios (familia, escuela, y en general delante de adultos), hoy se convierte en demasiadas ocasiones en grosería y palabras malsonantes a edades más tempranas con una falta de registros idiomáticos entre los jóvenes que seguramente se deba a la cada vez menores exigencias académicas y educativas.

Un día, en el corrillo de los ya presentes a la espera del resto del equipo para coger el autobús que nos llevaría a un partido, uno de los chavales (ya en edad cadete o junior, no recuerdo) contando una batallita remató la faena con un sonoro ¡qué hijoputa!, que no me habría sonrojado de no ser porque en ese momento llegaba otro compañero acompañado de su padre, mientras que quien soltó la exquisitez se quedó más ancho que largo como si fuera lo más normal del mundo.

Hoy no es raro el caso que incluso benjamines, ya no digo más mayores, suelten en algún momento de exaltación, enfado o protesta alguna palabra de la que a buen seguro desconocen su significado pero que utilizan como si fuera una palabra cotidiana que pueden utilizar en cualquier contexto, y que tal vez hayan aprendido gracias a la televisión, la calle, o el descuido general de los adultos.

Los entrenadores en ocasiones también somos malhablados bien en protestas arbitrales e incluso cuando nos dirigimos a alguno de los deportistas durante entrenamientos y partidos. ¿Quién no ha visto alguna escena protagonizada por un entrenador que en pleno exabrupto suelta lindezas por la boca?

Difícil será que los entrenadores podamos cambiar lo que parece una tendencia social en el mal uso del lenguaje, pero no por ello hay que insistir en utilizar las palabras adecuadas sin recurrir a las palabrotas como tampoco a los gritos (el otro día vi como le gritaban a un pobre alevín que cualquiera diría que más que cometer un error había matado a alguien) para remarcar instrucciones o rematar regañinas durante entrenamientos o partidos.

Recientemente, mi “confidente” para asuntos arbitrales, me contó que durante un partido, un jugador ya senior, recibió la amenaza de un árbitro con palabras tales como “a la próxima te vas a la puta calle”. Otro ejemplo de lenguaje que no parece de recibo en un ambiente deportivo.

Al buen uso del lenguaje que puedan hacer los jóvenes deportistas, al menos por la parte que nos toca en el baloncesto, debemos contribuir todos aquellos que podemos serviles de ejemplo: árbitros, padres, entrenadores, y demás personas vinculadas a la actividad deportiva, utilizando las palabras adecuadas al contexto deportivo y social.

Si el lenguaje es la representación del pensamiento, la verdad es que la situación no es muy boyante entre algunos jóvenes, pues si además de a las palabras malsonantes añadimos el uso de monosílabos, interjecciones, y expresiones más propias de los chats informáticos como únicos medios para exponer sus reflexiones, lo cierto es que a veces cuesta entender que quieren decir, y esa falta de recursos demuestra su poca inclinación por el arte de pensar. Ya se sabe, pensar es muy cansado y si otros pueden hacerlo por mí… pero ese es otro tema que dará para contar otra historia en el futuro.

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martes, 2 de octubre de 2012

Historias de un Entrenador de Formación (9): el grito

Por Jorge

El grito forma parte de la idiosincrasia del entrenador. Raro es el entrenador de cualquier disciplina que no grita en alguna ocasión a sus deportistas: para hacerse oír, por enfado… o sencillamente porque no tiene otra manera de expresarse.


En la última retransmisión de la ACB (Real Madrid-Unicaja Málaga), el entrenador de los malagueños, Jasmine Repesa, no paró de gritar a sus jugadores en todo momento despertando cierta sorna de los comentaristas televisivos.

El ejemplo y los comentarios que suscitaron los gritos de éste entrenador me llevó a recordar una anécdota curiosa que me ocurrió hace muchos años.

Al final de cada curso baloncestístico suele ser habitual que pase un cuestionario a los jugadores/as que tengo la suerte de entrenar, y entre las preguntas a responder, se encuentra una que para mí es la más importante y que se refiere a la evaluación que ellos hacen de la temporada del entrenador. Los jugadores tienen libertad absoluta (no habría represalias ante comentarios negativos nunca, pero acabada la temporada con menos motivo pueden temer las medidas que tomase) para que den rienda suelta a su opinión para así conocer posibles errores que cometí y poder corregirlos en siguientes temporadas.

Por desgracia esos cuestionarios suelen contener pocas palabras, y dudo mucho de que sea el maravilloso entrenador que de ello se pudiera deducir. Una pena porque también quiero mejorar.

El caso es que en una ocasión, uno de mis jóvenes deportistas escribió que les gritaba poco. Tal cual. Luego después, cuando le pregunté a que se refería exactamente, me dijo que no les metía “caña”, cosa que me extrañó un tanto, porque es verdad que no soy de gritar (ahora más que entonces, la verdad) pero eso no quiere decir que no exija y que esté encima de los jugadores para corregir errores y mejorar.

Tengo suficiente experiencia como para haber visto todo tipo de entrenadores de formación, pero por desgracia son más los que están todo el rato gritando, y menos los que explican y corrigen con energía pero con claridad y rigor. Especialmente sangrante me parece el entrenador que se pasa los partidos gritando que tienen que hacer los jugadores y a quienes se oye ya desde fuera del pabellón. En este caso los gritos mayormente son para hacerse oír porque la algarabía que suele rodear un partido impide que los jóvenes presten la atención que al entrenador le gustaría, si bien me parece que es un error pretender que el deportista preste atención cuando su interés tiene que estar única y exclusivamente en el juego. Ya vendrán tiempos muertos, entre cuartos, y parones varios para poder corregir o dar las instrucciones adecuadas.

Juanma Iturriaga durante el partido que mencioné antes comentó que si un entrenador se pasaba todo el rato gritando al final se dejaba de motivar o se tomaba la reprimenda como algo común. Estoy totalmente de acuerdo. Aquel entrenador que está recriminando errores a base de gritos, que todas sus instrucciones las da a voces, al principio puede motivar o llamar la atención del deportista, pero si al final el tono del discurso siempre es el mismo se pierde el efecto motivante o corrector.

Entrenadores del mundo, el grito es necesario, pero hay que saber cuándo y para qué utilizarlo. Jamás conviene abusar de él. Y como dijo Manel Comas, que de esto sabe un rato, a veces basta con el gesto y con la expresión en la cara del entrenador para que los jugadores sepan que está cabreado.

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miércoles, 2 de mayo de 2012

Historias de un Entrenador de Formación (8):
estudios y baloncesto

Por Jorge

Las situaciones que vive cualquier entrenador de baloncesto en categorías inferiores son múltiples, ya sean positivas o negativas, pero que siempre invitan a la reflexión. Y la siguiente me llamó la atención por la poca consideración que en ocasiones se le tiene al deporte (en este caso el baloncesto) como un peldaño positivo más en la formación de los jóvenes.

Estudiar
En otro tiempo, la conocida excusa de tener que estudiar para faltar a un entrenamiento y/o partido era reservada a ocasiones excepcionales. Hoy en día no hay entrenador que escuche esa cantinela decenas de veces durante la temporada. Y en mi caso no es una excepción. Pero lo último fue cuando una joven de tan sólo ocho años puso tal pretexto para justificar su ausencia de los entrenamientos de una semana.

Nadie puede dudar que los estudios estén muy por encima de otras actividades (baloncesto incluido) para jóvenes o no tan jóvenes, pero que una niña de tan corta edad necesite apenas tres horas de una semana para estudiar no habla muy bien de la gestión que de su tiempo hacen sus padres.

La verdad es que la pequeña se limitó a comentar la justificación que le habían dado los padres pues ella quería entrenar-jugar, pero ellos preferían que aprovechara ese tiempo para el estudio. ¿Tan cargada es su agenda como para no disponer de tiempo suficiente para estudiar, entrenar, y cumplir con otras actividades?

Los tiempos cambian, pero aplicando el tópico, uno fue cocinero antes que fraile, o sea que también estudió, y no recuerdo que a esa edad ni hasta mucho tiempo después sintiera el más mínimo agobio por los estudios de tal modo que no me permitieran disfrutar de cantidades ingentes de tiempo libre para jugar. Y nunca dejé de aprobar hasta conseguir superar los estudios superiores.

A mi juicio tales situaciones se dan porque existen multitud de alternativas de ocio ya a tan temprana edad que hace que se pierda tal cantidad de tiempo en menudencias que poco o nada aportan a la chavalería, y eso unido a la mala gestión del tiempo libre provoca situaciones cuasi surrealistas (a mi parecer) como la descrita.

Esta demostrado que
el deporte es una actividad muy saludable en el desarrollo personal de los jóvenes, y no sólo por cuestiones físicas sino por la multitud de valores que implica, y cuya enseñanza y aprendizaje contribuyen a su formación que les valdrá para toda la vida.

Sin embargo no siempre la formación deportiva es considerada como un pilar básico de la formación en los jóvenes por muchos padres que simplemente lo ven como una actividad extra más que permite rellenar el tiempo de sus hijos sin darle la importancia que a mi entender merece.

Por supuesto también tengo la suerte de haber vivido casos opuestos en los que esa importancia si era dada por los progenitores, y por los chavales que sin faltar a entrenar no dejaban de cumplir con sus obligaciones estudiantiles consiguiendo no solo hacerlo bien en el deporte sino también en los estudios (con orgullo puedo decir que entrené a actuales médicos, ingenieros…) adquiriendo una madurez y responsabilidad muy útil para el futuro de sus vidas.

Esos ejemplos demuestran que capacidades aparte, la clave está en saber administrar el tiempo disponible para ocuparlo con los diferentes apartados importantes de la vida de nuestros jóvenes: estudios, deporte, familia, ocio, descanso, etc.

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lunes, 23 de enero de 2012

Historias de un Entrenador de Formación (7): viajecitos en transporte público

Por Jorge

La vida del entrenador de formación a veces no es fácil cuando se viaja fuera de casa. Y no me refiero a las dificultades que supone jugar en cancha contraria con todo tipo de pistas y diferentes condiciones “padecidas”, sino al sencillo hecho de viajar.

autobus
Cuando participas en competiciones federadas y te tienes que buscar la vida para ir a los campos a través del transporte público, algunos viajes casi se parecen a esos desplazamientos que los equipos modestos de alta competición tienen que hacer en autobús para recorrer media España.

Algunos clubes de formación disponen de autobuses para los desplazamientos, aunque con alguna peculiaridad. Recuerdo un club dependiente de un ayuntamiento del que forme parte que aprovechaba un autobús para recorrer media comunidad autónoma dejando equipos (de fútbol incluidos) por el camino para llegar al destino final. Y luego nos iban recogiendo según iban terminando los partidos de modo que te daba para jugar, llevarte juegos de mesa (cartas principalmente) para hacer más llevadera las esperas, y ver terminar los partidos de los otros equipos. En este caso mi jornada comenzaba muy temprano a horas a las que todavía no están hechas las calles acudiendo al punto de encuentro (en transporte público) para volver a la hora de la siesta si todo iba bien.

Cuando no se dispone de autobús de equipo, en la mayoría de los casos, son los padres y entrenadores quienes se tienen que buscar la vida para estos viajes bien en transporte privado o público. En la Comunidad de Madrid (desde donde escribo y entreno) tenemos más suerte de la que creemos en lo referente al transporte público. Si bien nos quejamos de frecuencias de paso, precios (aquí me quejo yo también y mucho), y demás, tenemos muchas opciones de llegar a prácticamente cualquier punto de la comunidad… aunque muchas veces tengamos que hacer un trasbordo tras otro o que demos más vueltas que un carrusel para acabar en nuestro destino.

Rodeos aparte, rara vez los colegios o pabellones de juego se encuentran justo al lado de una parada de transporte, y por mucho que te fíes de google maps o cualquier otro plano que lleves, al final lo más probable es que acabes caminando de un lado para otro sino es que tienes suerte de haber jugado allí en anteriores ocasiones (afortunadamente suele ser así).

Cuando uno llega a su localidad de destino y sales de cualquier parada de metro, tren o autobús suelo vivir habitualmente dos tipos de situaciones:

Una es que adonde llegas los viandantes se queden perplejos cuando les preguntas “¿un pabellón o colegio por aquí cercano?”, y no digamos si les dices que es para jugar un partido de baloncesto. Algunos te miran como si fueras poco menos que un extraterrestre, cuando luego resulta que la cancha se encuentra a la vuelta de la esquina.

Y la segunda es que en ocasiones lo difícil no es ya encontrar el campo de juego, lo difícil es encontrarte con alguien y entonces parece que seas tú el que ha llegado a un planeta sin vida pues no ves un alma por la calle. Esto suele ocurrir en barrios residenciales de viviendas unifamiliares o en cualquier otro lugar al que llegas casi de madrugada cuando el partido se juega bien pronto.

Por eso conviene llevar los horarios del transporte muy bien estudiados, calcular el tiempo que luego te va a llevar dar con el campo de juego, y añadir a éste último cálculo la posibilidad de que camines en una dirección y luego resulte que sea en la totalmente contraria si quieres llegar a tu hora… sino tienes la suerte de tropezar con alguien que conozca tu destino final o mejor aún, que viajes con un rival…

Y es que más de una vez me ha ocurrido que yendo en el metro mirando el reloj preocupado porque iba justo de tiempo, he divisado a algún chaval con ropa y bolsa de deporte dentro del vagón, rezando porque fuera uno de los rivales para luego a la salida poder seguirle cual detective privado para que me llevara directo al campo de juego, y así evitar el pitorreo (y la multa) de los chavales por llegar tarde.

En otras ocasiones las anécdotas o situaciones curiosas son otras.

Viajecito de casi dos horas en tren para llegar a otro pueblo. Llegado allí, a tirar de plano casero y a caminar. Sabiendo que tienes casi media hora de caminata (según el plano que has consultado por Internet), una vez que te pones a andar le pregunto al primer transeúnte que me encuentro. Menuda chiripa. Resulta que el chaval es un rival. Me presento. Soy el entrenador del equipo contrario, así que si no te importa te acompaño. Lejos de incomodarse, para nada, “vente conmigo que ibas en la dirección contraria”. La cosa no acaba ahí, y es que por el camino recogemos a otro rival con el que había quedado el primero, y luego otro más al que llevan en coche… nos recoge. Sí, nos recoge, porque cuando les pido que me den las últimas indicaciones para llegar al pabellón, la conductora me dice que para dentro, que a mi también me lleva. Menuda imagen, el entrenador del equipo contrario llegando al campo saliendo de un coche con los rivales.

No suelo mencionar nombres o equipos cuando cito algunas de estas historias que me ocurren, pero en este caso no me puedo resistir (aunque no lo leerá) a dar las gracias a ese chaval de Collado Villalba que luego nos hizo un pequeño traje (eso no se hace siendo tan buen anfitrión), a sus dos compañeros y a la señora conductora que tuvieron a bien ayudarme a llegar al pabellón. Así da gusto. Que buena gente hay en el baloncesto.

En otra ocasión viví algo parecido al caso anterior. Viaje a pueblo que deja el transporte público (autobús) en mitad de la nada. Ni circulación ni un alma por la calle (a la hora de comer), sin divisar en kilómetros a la redonda nada que se le parezca a un pabellón deportivo… A lo lejos una furgoneta destartalada que se aproxima, y ni corto ni perezoso, me pongo en mitad de la carretera para pararla. A alguien tendré que preguntar ¿no? Hete aquí que el conductor ante mi pregunta por un pabellón nuevo en la localidad lo conoce, menos mal, pero que está a unos cuantos kilómetros y por allí difícil orientarme entre chalets y zonas en construcción (era el guarda de una obra cercana).

El tipo con un tatuaje en el cuello y con unas pintas un tanto “sospechosas” en aquella furgoneta que estaba para el desguace se ofrece para llevarme. A lo cual acepto sin pensármelo pues era mi primer partido en un club al que había recién llegado y no podía arriesgarme a causar tan mala impresión llegando tarde, si es que llegaba, al primer partido de la temporada. Ya dentro del vehículo pensé que el riesgo podía ser otro: “¿dónde me he metido?, éste tipo me lleva, sí, pero al infierno”. Pues no, me dejo en la mismísima puerta (encima fui el primero del equipo en llegar). Malditos prejuicios.

Para aquellos que piensan que entrenar a chavales/as es un camino (nunca mejor dicho) de rosas, habrán comprobado que tiene su miga incluso sin estar la pelota de por medio. Y es que viajar de aquí para allá en transporte público a veces lleva más tiempo del debido y sobre todo alguna que otra situación curiosa.

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jueves, 24 de noviembre de 2011

Historias de un Entrenador de Formación (6): la invasión de campo

Por Jorge

Vaya por delante que no tengo nada en contra de los árbitros. Es más, suelo defenderles cuando los demás arremeten contra ellos a la mínima de tener un error. Eso sí, no soy un santo, a veces, las menos, también me encabrono un poco con ellos cuando entiendo que se equivocan y perjudican al equipo que entreno.

invasión cancha baloncesto
Esta es la segunda ocasión (la primera) que en esta sección hago mención a un curioso incidente con un árbitro de protagonista, que a mi juicio (no es que tenga mucho valor mi opinión así que el que quiera que emita su veredicto en los comentarios) no quedó muy bien a raíz de alguna de sus decisiones. Por supuesto omitiré detalles innecesarios, como nombre de equipos, de árbitro, etc., pues eso creo que carece de cualquier importancia.

Vayamos al grano. Partido junior masculino federado. Cancha foránea, pista cubierta de tamaño reducido, es decir, los banquillos tienen que estar prácticamente dentro del campo, la mesa del anotador, ni prácticamente, o sea dentro.

Partido igualado. Segundos finales, situación de tiros libres. Aprovecho para mientras se lanza el primero llamar a los jugadores a que se acerquen a la banda para darles unas instrucciones porque no tengo tiempos muertos. No hay ninguna tipo de mal rollo, protesta, ni nada que se le parezca.

El árbitro se acerca, silbatazo, y técnica. ¿Por qué? Respuesta: por ¡invasión del campo!, sí, sí, no me he vuelto loco. La verdad es que ya no recuerdo si fui quien pisó dentro del campo (lo difícil era no hacerlo), o fue algún chaval del banquillo que se levantó a escuchar lo que decía.

Incredulidad. Protagonismo arbitral innecesario. Banquillo contrario igual de atónito que nosotros. Por supuesto, lo que para el árbitro era una invasión, para cualquier mortal no era más que estar medio metro (si llegaba) dentro del campo.

No dudo que en algún apartado del reglamento (lo sé, lo tendría que tener más que estudiado) se indique que no se puede invadir la cancha. Ahora bien, interpreto que se refiere a hacerlo para entorpecer el juego o para protestar, pero por decirles a unos jugadores lo que tenían que hacer… el sentido común brilló por su ausencia.

La actuación arbitral tuvo otro error más que debía haber evitado. Cuando uno juega en este tipo de categorías, no siempre conoce a los entrenadores de todos los equipos, a veces incluso está ausente, y tiene que ser el capitán quien haga las veces de entrenador firmando el acta al inicio del partido.

En aquella ocasión, fue uno de esos días aunque no me di cuenta hasta el final. En el banquillo había una persona que daba instrucciones, que pedía tiempos muertos, que protestaba, es decir, alguien que hacía lo que hace un entrenador. Pero cual fue mi sorpresa al ver al final en el acta del partido que aquel tipo era en verdad el delegado de campo (que no de equipo), con lo que ese buen árbitro que debió “temer” por su integridad porque pisamos medio metro de la cancha durante unos tiros libres, dejó que alguien que no debía ejerciera de improvisado entrenador.

Por si alguien las desconoce, éstas son las funciones de un delegado de campo (que raramente se cumplen tal y como aquí las expongo), según recogen las bases generales de competición 2011-12 de la Federación de Baloncesto de Madrid:

• Estar presente en las instalaciones deportivas con 45 minutos de antelación al comienzo del encuentro.
• Velar por el buen orden en el terreno de juego.
• Presentarse a los árbitros de cada encuentro y en su caso al Delegado Federativo, para acompañarles desde la entrada del terreno de juego antes del comienzo, durante el descanso y al final de cada encuentro, o en cualquier otra circunstancia en que resulte necesario, cumpliendo las instrucciones que reciba de los Árbitros o del Delegado Federativo.
• Deberá darse a conocer al equipo visitante y facilitarle vestuario a utilizar.
Por cierto, al final este partido lo ganamos gracias a un triple anotado por nuestro número 7 en la penúltima jugada. En el acta se apuntó al número 6. Esto es más anecdótico, pero la jugada no fue ni confusa ni en la esquina contraria del campo, sino que el jugador avanzó con el balón y frontal a la canasta anotó el tiro. ¿Dónde miraba el anotador? Visto esto, ¿podríamos fiarnos de todo lo que anotó antes?

En fin, seguiré defendiendo la labor arbitral pese a que cuente otras cuantas andanzas arbitrales más en el futuro (vividas o escuchadas). Y es que no es fácil arbitrar, aunque aquella mañana de sábado hicieron que pareciese todavía un poco más difícil.

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viernes, 16 de septiembre de 2011

Historias de un entrenador de formación (5): jugar enfadado

Por Jorge

Como entrenador tengo que confesar que hay dos cosas, si me dáis algo de tiempo seguro que saco unas cuantas más, que me revientan. La falta de ánimo en un equipo, en un banquillo. Y ver a jugadores que tienen un fallo y sigue jugando acordándose de ese error.

Sergio Llull
Sobre lo primero en ocasiones me ha tocado formar parte de banquillos que durante los partidos es tal el ánimo que tienen y que sobre todo transmiten a sus compañeros, que la verdad, he visto más alegría en algunos cementerios. Pero bueno, dejemos eso para otra ocasión.

Centrándome en lo segundo, no sé como demonios solucionar esos casos, porque por más ánimo y confianza que dé a esos chavales, no dejan de lamentarse, y uno se descorazona viendo esas caras de pena, de lamento, e incluso de enfado consigo mismos y con el mundo.

A nadie le gusta equivocarse. A nadie le gusta errar un pase, o fallar un tiro cómodo que habitualmente anota. Pero esos errores y otros muchos son habituales en cualquier entrenamiento o partido.

Recordar los errores es bueno para corregirlos en próximos entrenamientos y partidos, para analizar porqué se produjeron, y conocer que soluciones podrán aplicarse, pero eso tiene que hacerse en la tranquilidad del banquillo, sin el balón en juego, durante un tiempo muerto, en los entrenamientos posteriores al partido, pero jamás mientras se está jugando, así que no tiene sentido seguir pensando en ellos.

En una entrevista a Sergio Llull publicada hace un tiempo en
“El País”, a la pregunta de si su padre le regaña alguna vez, éste responde: “Me regaña cuando me enfado con los árbitros, cuando juego enfadado por malas decisiones mías, por perder un par de balones... Cuando juego enfadado, me regaña.”

La entrevista no recogía el motivo por el que el padre le regañaba por jugar enfadado, pero no me extrañaría que la justificación tuviera que ver con lo que estoy contando aquí.

Como entrenador de formación estoy cansado de ver al chaval que falla un tiro y vuelve a la defensa dando bandazos con la cabeza, lamentándose y lo que es peor, pensando en ese error, cuando el partido continúa, de manera que su “cuerpo” sigue jugando pero su mente está en ese fallo, y no en el juego presente. Resumiendo pierde la concentración, y sus gestos no animan precisamente al resto del equipo.

Así pasa que luego tampoco la defensa es buena, y lo más probable será que a un error le siga otro error. Y si esta dinámica se mantiene algunos minutos, ya ni te digo lo que eso va a suponer para el equipo.

Ya el colmo de esta situación se produce cuando el chico/a no sabe reconocer un error-acierto de resultado o de decisión. Por supuesto me refiero a chavales que llevan tiempo jugando, no a niños que están empezando. Es decir, acciones cuya decisión fue acertada pero cuyo resultado no fue bueno provocan malestar mientras que decisiones equivocadas (tirársela con tres tíos encima) que acaban con un acierto de resultado (canasta) pasan por buenas acciones. Da igual que te desgañites tratando de hacerles entender la diferencia, pues algunos erre que erre no lo quieren entender.

A veces pienso que esos enfados están detrás de esos padres exigentes, todos conocemos algunos casos, que no saben distinguir el baloncesto de formación del profesional de tal manera que los jóvenes se pasan el partido estando pendientes de ellos, y si lo hacen bien o mal, luego reciben una charla de padre y muy señor mío cuando llegan a casa… cuando muchos de esos padres en ocasiones no saben muy bien donde tienen la mano derecha.

También es verdad que hay jóvenes deportistas demasiado perfeccionistas que no necesitan de padres exigentes, y que pese a estar jugando bien y aportando todo tipo de acciones positivas para su equipo, de repente un error empaña para ellos todo lo hecho hasta entonces, de manera que todo lo bueno que hayan hecho parece que deja de existir, cuando eso no es así.

Si algunos de los chicos/as que tengo la suerte de entrenar leéis estas líneas, por lo que más queráis, cuando falléis un tiro o cometáis un error, paciencia. No pasa nada, aprender del error, pero seguir jugando. El juego sigue, y hay que pensar en la siguiente acción sin acordarse de lo anterior, porque lo anterior ya no sirve de nada. Ya habrá tiempo de recordar errores en futuros entrenamientos, para corregirlos y que no se vuelvan a producir. Pero la concentración debe mantenerse si no se quiere tener un fallo detrás de otro.

Y si algún entrenador, que tiene que lidiar con este mismo problema me lee, sólo puedo hacerle algunas recomendaciones para que no se suba por las paredes cada vez que alguno de sus chicos/as se esté acordando de un fallo: mirar para otro lado, exigir que mantengan la concentración, dejarles bien claro la diferencia entre una buena-mala decisión y el acierto-desacierto del resultado posterior, y sobre todo animar, no queda otra.

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lunes, 28 de marzo de 2011

Historias de un Entrenador de Formación (4): Disfrutar del Baloncesto

Por Jorge

Estoy cansado de vivir en una montaña rusa. Cuando se gana, todo el mundo está contento. Cuando se pierde, sólo veo caras largas. No me gustan los equipos para los que si se gana, cualquier error no importa, y si se pierde, siempre hay algún culpable (el árbitro, el entrenador, el balón, el otro equipo, etc.).


Baloncesto Aristos 2010-11
¿Se puede estar contento cuando se pierde? ¿Hay que estar triste por obligación porque el resultado no es favorable? ¿Sólo se juega para ganar? Estoy hablando del baloncesto de formación, del baloncesto aficionado, de jóvenes, de chavales cuyo único objetivo debería ser aprender y disfrutar de este maravilloso juego.


Nunca he tenido la suerte de jugar en un equipo medianamente organizado. Ya me habría gustado. Jamás tuve un entrenador que me pudiera enseñar. Y bien que lo habría agradecido. Tuve que buscarme la vida. Así juego, no muy bien. Otros si tienen la enorme suerte de formar parte de un equipo, de tener un entrenador que pone todo el interés porque aprendan, y sin embargo a veces parece que su mayor preocupación es ganar o perder, cuando el juego es mucho más que eso… al menos para mí. ¡Disfrutad!

Triste es observar la aparente, y digo aparente porque quiero pensar que no es así realmente, falta de interés por aprender y la poca importancia que se le da a ello en algunas ocasiones, pero más triste es ver la falta de ánimo y la caras tristes que provoca una derrota o un error. A veces me giro al banquillo y me dan ganas de llorar. No me gusta. ¡Disfrutad!

Vale, acepto que cuando se comete un error o recién se pierde un partido no se esté saltando de alegría, pero la pena tiene que durar dos segundos, y a continuación animarse y sentirse satisfechos porque se ha tenido la oportunidad de aprender, de mejorar, de competir poniendo a prueba nuestras habilidades frente a otro equipo, de formar parte de un grupo, en definitiva, de DISFRUTAR DEL BALONCESTO.

A veces también veo miedo. Tampoco me gusta. Y no sé a que se debe. Miedo a que, a perder, a cometer un error, a que me echen una bronca, al rival, a defraudar a los demás porque no alcanzo las expectativas que tienen depositadas en mí. No sé, pero tiene que ser muy duro jugar al baloncesto con miedo.

Todos los fines de semana miles de equipos de todas las categorías posibles, desde minibasket hasta profesionales, de chicas o chicos, me da igual, pierden sus partidos. En nuestro juego no se empata, unos pierden otros ganan… o tal vez no. Ganar no es que un marcador refleje un resultado positivo, ganar es disfrutar habiéndolo hecho lo mejor posible. ¡Disfrutad!

El baloncesto me hizo, me hace (y ojala me haga) tan feliz, que no entiendo porque tiene que provocar miedo, tristeza, falta de ánimo. Soy tan feliz cada vez que toco el balón, cada vez que tengo la oportunidad de dar un pase, de coger un balón y hacer un tiro, cada vez que me siento para ver jugar a otros, cuando veo a alguien que anima a un compañero, cuando alguien me habla de baloncesto, etc., etc., que no entiendo porque un grupo de chavales agachan la cabeza con la mirada triste porque las cosas no salen bien, me pongo malo. Me duele.

Cuando uno se cae, se levanta. Si las cosas no salen bien, hay que seguir intentándolo. Pero no puede faltar ánimo ni actitud ni esfuerzo ni interés. Y si al final el marcador dice que el otro equipo ha ganado, se le felicita, pero con la cabeza bien alta y orgullosos de haber podido disfrutar del baloncesto. Este juego fue creado para disfrutar, no para sufrir.

Siempre he tenido clara una cosa. Ser agradecido y animar, sobre todo cuando las cosas no salen muy bien. No sé, me sale, no es premeditado. Si alguien me da un pase normal y corriente para tirar, antes incluso de tirar, ya se lo estoy agradeciendo. Cuando alguien hace un buen tiro, pero no lo anota, no me cuesta animarle y reconocer que estaba bien tirado aunque la pelota no haya entrado. Cuando alguien se tira al suelo para pelear por un balón, le grito para reconocer su esfuerzo. Cuando me giro y veo un banquillo apagado con caras tristes de gente a quienes parece que todo eso les da igual, no sé que pensar, a veces creo que no soy normal, que soy un bicho raro.

No puedo engañar a nadie. Soy la persona más triste de la historia. Quizás por eso no soporto ver a los demás igual… ¡por jugar al baloncesto! Hoy iré a entrenar y no sé que me espera, no me gusta lo que estoy viendo y no sé que hacer ni como ayudar. Me gustaría dar palmadas de ánimo, pero no sé si eso sirve. Tal vez tendría que hablarles, pero me costaría, porque acabaría emocionándome diciéndoles lo que este juego significa para mí y lo que disfruto gracias él...


Baloncesto Aristos 2010-11
...así que me tendré que conformar con desahogarme aquí, y decirle a esa gente tan maravillosa a la que tengo el honor de entrenar (creo que este verbo es demasiado grande para mi pequeña aportación), que os queda muchísimo baloncesto por jugar y del que disfrutar, así que animaros y tened la cabeza muy alta, porque se gane o se pierda, sois los más grandes, y se os quiere y estamos orgullosos por todo lo que hacéis dentro y fuera de la pista de baloncesto. Por la parte que me toca, muchas gracias por hacerme DISFRUTAR DEL BALONCESTO.

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lunes, 18 de octubre de 2010

Historias de un Entrenador de Formación (3): una de árbitros

Por Jorge

Los árbitros son muy malos. ¡Qué malos que son todos! Estas son expresiones cotidianas entre algunos, y si bien no soy partidario de generalizar, y que además suelo apoyarles porque su tarea es complicada y llena de obstáculos, a veces no me queda más remedio que dar la razón a quienes las pronuncian aunque no referidas precisamente a actuaciones propiamente sobre el terreno de juego.

Palacio de Vistalegre

Habrá que ir pensando en contratar Vistalegre que los árbitros están de un exigente...

A continuación relato una serie de vicisitudes vividas en primera persona en algún caso, y a través de otro entrenador amigo en otros (espero que no moleste mi “apropiación” de la historia pero es que es de órdago), siempre en categorías de formación. Quiero creer que son casos aislados, pero por su peculiaridad creo que merecen ser comentados.

- El anotador que llega tarde

Partido matutino que con el consentimiento de entrenadores y árbitro se decide jugar con la ayuda de algún familiar o amigo de alguno de los equipos que tiene la bondad de hacer lo mejor que puede el papel de anotador.

Anotador que llega antes de comenzar el segundo cuarto, y que lógicamente teniendo en cuenta que su experiencia en sus labores le permite mayor capacidad que el voluntarioso amigo/familiar que ha echado una manita, acaba el partido.

Entrenador que ante tal circunstancia exige que al dorso del acta se indique lo sucedido, recibe por respuesta que no es necesario.

- Árbitros que llegan tarde

Partido de categoría preferente que implica dos árbitros. Uno no aparece. El tiempo no es eterno y los entrenadores y el árbitro deciden empezar el partido con un único árbitro.

Segundo árbitro que llega más tarde y acaba por incorporarse al partido.

Más de lo mismo. Entrenador que exige que tal circunstancia quede reflejada en el acta, árbitros que deciden que no es necesario.

Otro caso. Árbitros que llegan tarde a un partido vespertino. Nada de madrugones. Según entran por la puerta ya con el silbato en la boca, venga a funcionar que no tenemos todo el día. Anotadores ya han hecho su trabajo, pues nada, poco menos que sin dar las buenas tardes, al tajo.

Estas circunstancias temporales indicadas pueden parecer justificadas porque el tráfico, el transporte público, no conocemos la zona, no encontrábamos la cancha, de repente me he encontrado un amiguete, lo que queráis, pero no pasa nada. Tiramos para delante y como tenemos la sartén cogida por el mango…

Hete aquí que el problema esta en el desagravio comparativo. Pongo dos casos similares. Partido en x sitio, carrera popular de por medio, tráfico cortado, autobús que no llega, llamada a amigo para que te recoja y te lleve deprisa y corriendo. Llegas cinco minutos antes de que empiece el partido, pero los chavales ya han entregado los DNI acreditativos (las fichas las tiene mua) y ha firmado el capitán. No entrenador, usted a la grada. Parece que el rasero no es el mismo.

Sí, ya sé que sin árbitros lo de jugar esta complicado, pero ya me diréis que problema existe en que el entrenador se siente en el banquillo si hablamos de categorías de formación y no estamos haciendo mal a nadie. ¿Queremos ser ejemplarizantes? Vaya, parece que no siempre es así.

Siguiente caso. Inicio de temporada. Las fichas “físicamente” no están, pero los papeles están en regla. Hay que jugar con el DNI. Chaval que se lo olvida, corriendo a por él. Llega tarde. Machote, hoy no se juega. Insisto. Categorías de formación, primer partido del año. Nada de campeonato de España, de playoff, etc. Objetivo del baloncesto de formación: que los chavales aprendan, se lo pasen bien… y sobre todo, que jueguen, demonios. Pues nada, te vuelves por donde viniste, ahora bien, si eres árbitro, tranquilo, no hay problema.

Por cierto, correo pidiendo explicaciones a la federación para que nos comenten la jugada… y todavía esperando respuesta. ¿Será que se les cae la cara de vergüenza? ¿Habrá que pensar aquello de que el que calla otorga?

- Exquisiteces arbitrales

Árbitros que llegan a un campo. Piden un vestuario. La alcachofa de la ducha no va todo lo bien que les gustaría, la cisterna de váter se puede mejorar…total, por favor, démosles otro vestuario que los reyes del espectáculo no actúan en cualquier plaza. Y esto prácticamente si decir esta boca es mía. Ah, y déjennos unas moneditas que las taquillas son las taquillas y claro, debe ser que no reciben un pavo por su trabajo. Ah, y pónganme un esparadrapo para delimitar la zona de banquillos que claro de aquí a la ACB tan sólo hay un paso. Insisto, todo esto para empezar sin haberse puesto el balón en juego.

Por desgracia el arbitraje luego no estuvo a la altura de tales exigencias. Pero bueno, errores los cometemos todos, pero encima algunos son más chulos que un ocho.

Y ahora la guinda de otro caso. Me lo cuentan y no me lo creo. Árbitros en categoría de formación, no me canso de remarcarlo, pidiendo al delegado de campo agua. Sí, buena gente, en el vestuario sale un chorro estupendo pero si os pilla lejos, tenemos una fuente con unos cuantos caños de los que cae agua riquísima (doy fe de ello). Por favor, donde vamos a parar, esas bocas no pueden mancharse con agua tan poco glamourosa, y aquí viene lo bueno: piden botellas de agua mineral, que ya sólo les falto indicar marca. ¡Estamos locos!

La verdad es que lo ideal es que en todas partes los árbitros, los jugadores, los entrenadores, los familiares, etc., disfrutáramos de unas condiciones maravillosas, pero claro, hay cosas que rozan lo esperpéntico… pero quien sabe, a lo mejor el que se ha vuelto loco es un servidor. Por si acaso, habrá que contratar unos/as masajistas de primera no sea que a los próximos árbitros no les apetezca pitar si antes no han recibido los cuidados de una manos milagrosas.

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martes, 2 de marzo de 2010

Historias de un Entrenador de Formación (2): ¿Fomentando el baloncesto entre los jóvenes?

Por Jorge

Como entrenador de categorías de formación de un club de baloncesto, medio, nada de club de elite, pero en el que estamos comprometidos por tratar de hacer las cosas lo mejor posible para que los jóvenes aprendan, mejoren, y disfruten del baloncesto, tengo acceso a algunos detalles e informaciones que en unos casos me admiran, y en otros me dejan perplejos.

Baloncesto
Generalmente, lo que me deja perplejo tiene que ver con el comportamiento de los padres, de algunos entrenadores, y por supuesto de algunas normas federativas absurdas (en este caso de la Federación de Baloncesto de Madrid - FBM).

Referido a los segundos, me he enterado, y espero que no moleste a mi fuente de información que lo cuente aquí, pues no voy a dar nombres, y en todo caso si lo hago es para defender la causa de un ex-jugador que ha recibido un trato no muy acorde con el respeto que se merece él, y cualquier otro jugador joven que únicamente tiene ganas de mejorar y disfrutar con el baloncesto.

Seré breve. Joven jugador que se lesiona, y lejos de quejarse, intenta participar de un entrenamiento con la idea de ayudar en la medida que su condición le permite. El jugador no se lo comenta al entrenador y éste le hace correr sprints va, sprints vienen, y claro, no puede. El padre que observa el entrenamiento y que se acerca para comentarle al entrenador que el chico está lesionado. Entrenador que dice que ésta boca es mía, y que el joven se lo podía haber dicho. Total que por un quítame allá esas pajas, el trato ha dejado de ser el correcto y adecuado con ese chaval, cuando puedo dar fe que errores de acierto al margen, es trabajador y se esfuerza al 100% siempre. ¿Qué trata de conseguir ese entrenador? Quien sabe, pero lo que es seguro es que está facilitando que el chaval pueda perder ilusión por el baloncesto. Muchas gracias señor entrenador. Gracias a gente como este tipo otros tenemos la mala fama.

El caso federativo, también tiene miga. Joven jugador (cadete) de un equipo de nivel medio-bajo que no está a gusto y que decide a mitad de temporada cambiar de aires. Como tiene un amigo que juega, decide preguntar si tiene sitio en su equipo. Pide su carta de libertad (que mal me suena esta expresión a estos niveles), y con todos sus papeles en regla, se le trata de hacer ficha en su nuevo equipo.

Respuesta de la federación: no se puede tramitar porque ha jugado en un equipo de categoría superior (antes jugaba en un equipo junior). Aquí paz y después gloria.

Ojo que hablo de equipos de medio pelo con perdón y para que nos entendamos, es decir, esto no es el “robo” de un chaval que pasa del Madrid al Estudiantes o viceversa. ¿Cómo se le dice ahora al joven que lo único que quiere es estar a gusto jugando al baloncesto que no puede ser por tan peregrina razón? Seguro que las bases de competición lo indican en alguno de sus apartados, seguro que alguna razón de relativo peso habrá, pero todo iría mejor aplicando un poco de sensatez.

Estos son dos ejemplos, pero seguro que existen muchos más. Así es como algunos fomentan la práctica del baloncesto aplicando tan particular sentido común. Menos mal que ese debe ser uno de sus objetivos.

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