viernes, 28 de noviembre de 2008

Ilusión: formación vs. resultados

Por Jorge

Como entrenador de formación que entrena a jóvenes y ve habitualmente el juego de otros muchos, uno no sabe muy bien el grado de consciencia que tienen algunos de esos chavales (me refiero a categorías cadetes y junior) acerca de lo que quieren del mundo del baloncesto.

Ricky es un ejemplo de buena formación que sigue con su progresión, pero que ahora como profesional tiene que pensar más en el resultado.

Las motivaciones que llevan a nuestro deporte a todos ellos son muy variadas, sobre todo en edades más tempranas: porque me apuntan mis padres, porque están mis amigos, porque me gusta competir, porque me gusta el deporte en general, etc.
Cuando un chaval va creciendo, las probabilidades de abandono del deporte son mayores debido a nuevos intereses: relaciones sociales (chicas o chicos en el caso de ellas), descubrimiento de otros deportes o actividades de ocio, tiempo necesario para los estudios, etc.

No voy a descubrir aquí la rueda, pero me llama la atención la escasa motivación que muchos de esos jóvenes demuestran cuando van a entrenar o incluso a jugar sus partidos. Y siempre me hago la misma pregunta: ¿Por qué perder el tiempo ante la multitud de ofertas de ocio que tienen a su disposición?

Para mí con entrenador y jugador aficionado, desde luego que no es ninguna pérdida de tiempo y animo a todos a que sigan dentro de este maravilloso deporte, pero no parece que todos lo comprendan. Me explico.

Pertenecer a un club, y formar parte de un equipo conlleva una serie de responsabilidades que van más allá de la disciplina y de acudir a los entrenamientos y partidos. Es necesario ilusión y ganas de mejorar y ayudar a los compañeros.

Por supuesto que esa ilusión y motivación también puede ser ayudada (y en muchos casos anulada) por los propios entrenadores, así como por los padres. ¿Cuántos chavales dejan el baloncesto porque no juegan? ¿Cuántos lo dejan porque sus padres no les dejan o les ponen trabas?

Multitud de entrenadores, formadores y demás especialistas en la materia advierten que es necesario realizar tareas que motiven y atraigan a los jóvenes para fidelizarles a nuestro deporte.

Pero si hay algo que me llama la atención en mis años de entrenador de baloncesto (mayormente de jugadores cadetes y junior) es como dichas motivaciones se reducen alarmantemente al partido del fin de semana y sobre todo, y esto es lo peor, a su resultado. ¿Influencia de los entrenadores? ¿Influencia de los padres? ¿Influencia de lo que ven por la tele?

Entiendo que en toda actividad competitiva, ganar sea atrayente y desde luego un factor notable para conseguir un esfuerzo importante por parte del jugador. Pero ¿cuántas veces ganar no significa aprender y mejorar? ¿Cuánta paciencia se tiene para aceptar derrotas a cambio de aprender de los errores y así progresar en el conocimiento del juego?

Desde luego, buena parte de la culpa de que muchos de estos chavales no aprecien las enseñanzas más allá del resultado vienen de las prácticas habituales que ven en sus entrenadores. Sin embargo, me llama la atención como pese a la insistencia en cursos, clinics, charlas y demás acerca de la importancia del aprendizaje por encima de los resultados (al menos con los jóvenes), la mayoría de los entrenadores siempre dan mayor énfasis a los resultados que al buen hacer de los chicos.

Y claro, no les llames la atención, que luego te dirán aquello tan sonado del se puede formar y ganar a la vez. No discuto esto, pero si me gustaría conocer el porcentaje de formación y resultado que aplican en sus partidos.

Así, luego ves las famosas zonas en infantiles durante cuarenta minutos, y cuando esos mismos chicos cambian de equipo y te los encuentras en tu bando, tienen tales lagunas en la defensa individual que alucinas. Ni que decir tiene que saber hacer una buena zona no quita para trabajar otras cualidades de la defensa que serán vitales en el futuro del jugador. Pero claro, el entrenador de formación (no todos pueden aplicarse este término) piensa más en las palmaditas de los papas, colegas y vecinos antes que en la posibilidad de que el muchacho aprenda y conozca mejor el juego.
Al final el perjudicado es el joven jugador que ha ganado muchos partidos pero no sabe defender, no sabe utilizar su mano no dominante, etc.

Situaciones como ésta pueden ser aplicables a los casos en los que los “mejores del equipo”, se chupan tres cuartas partes o más del partido, mientras que el “gordito” o el todavía menos hábil ve con desgana y desánimo como deja de jugar un fin de semana si, y al otro también. ¿Hubiera cambiado el resultado del partido con su participación? Probablemente si, aunque no siempre (quien no recuerda situaciones en las que un jugador “menos bueno” no ha participado y su equipo ha perdido igualmente). ¿Y qué hemos ganado sin su participación? Tal vez una victoria que quedará en el olvido y un chaval que saldrá del baloncesto asqueado porque no se le deja participar.

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